Ficha del autor - Sauras Viñuales, Javier

Sauras Viñuales, Javier

Javier Sauras Viñuales (1944 - Huesca - España ). Se formó como escultor en la Escuela Superior de Bellas Artes de "Sant Jordi" de Barcelona en los años sesenta del pasado siglo, donde recibió una sólida formación académica y comenzó también su andadura paralela en el ensayo y la crítica de arte. Posteriormente tuvo una larga trayectoria como profesor universitario, desempeñando la Cátedra de Escultura ( Talla Escultórica) en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad del País Vasco, de 1971 a 1978, centro del que llegó a ser Decano y, años después, de 1995 a 1997, impartió clases en el Departamento de Escultura de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid. Durante algunos años realizó la crítica de escultura en el periódico Diario 16 de Madrid. Tras residir en Barcelona, Bilbao, Huesca y Madrid, vive en Zaragoza. Catedrático Numerario de Bachillerato e Inspector de Educación. Javier Sauras es Académico de Número de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de "San Luis" de Zaragoza, donde desempeña el cargo de Secretario General, desde 2010. Consejero del Instituto de Estudios Sijenenses "Miguel Servert". Villanueva de Sijena (Huesca). Como escultor, Javier Sauras, desde una postura siempre independiente, ha estado en contacto con las corrientes artísticas de su tiempo. Dotado con sólida formación académica, supo ampliar y conocer a fondo su oficio de escultor, introduciendo en el las modernas técnicas y criterios contemporáneos, pero nunca se adscribió a grupos, a maestros, a escuelas regionales o locales, ni a tendencias organizadas, llevando por ello una trayectoria creativa personal y solitaria. Su formación se desarrolló inicialmente en Barcelona y su madurez artística se produjo en el País Vasco, aunque su plenitud estética la alcanzó en Madrid, donde residió desde 1986 hasta 1997. Actualmente vive en Aragón. La línea actual de la escultura de Javier Sauras tuvo su inicio hacia la mitad de los años ochenta, cuando viviendo en Madrid, en el barrio de Malasaña, decidió, en aquel viejo y destartalado estudio de la calle San Vicente Ferrer, no hacer obra "para gustar", sino para él, procurando desarrollar los principios de austeridad geométrica que se había propuesto. Allí fue descubriendo que de lo depurado, de lo rectilíneo, de lo ortogonal, cada vez se desprendían formas más jugosas, vivas y recias, a pesar del rigor aparentemente impuesto. Bajo el postulado geométrico formalista intentó dejarse conducir por impulsos irracionales e inconscientes, "otra vez lo mediúmnico" que ya había manifestado en ocasiones anteriores. Su fundamento creativo, aun siguiendo postulados geométricos, no está en la racionalidad de lo constructivo, sino en la telúrica llamada de lo inconsciente y de la evocación poética. Javier Sauras evita la definición de límites, de esas inevitables líneas de horizonte que acotan la visión, pero cuya importancia vital es escasa, pues sirven para apoyar la corrección del trazado, para dotarlo de una engañosa y coherente realidad artificial al uso de nuestra visión cultural de Occidente. Los límites no son simples líneas, pueden llegar a ser severas restricciones, pautas de comportamiento correcto, determinando masas, espacios cercados, consolidaciones de impacto psicológico que también domestican contra las diversas y saludables rebeldías. Javier Sauras ha desarrollado una obra, a lo largo de los años, que desde planteamientos plásticos formalistas sabe enlazar con sus orígenes pirenaicos; esas señas de su identidad, para él, no se preservan excluyendo nada ni a nadie, sino buscando desde ellas todo el conocimiento posible, según la vieja y contrastada fórmula, que arranca de lo particular como punto germinal, en busca de lo universal. El hombre muchas veces se expresa en su labor creativa a través de una voz profunda que le llega desde sus raíces peculiares y, con ese lenguaje propio y sincero, puede hacerse entender en otras geografias. Aun conviniendo que el arte sea un fenómeno cultural universal, para llegar a crear y expresar algo que pueda ser considerado como tal, cada uno puede caminar la senda propia de su lenguaje íntimo, para que su discurso resulte auténtico y no quepan en él mimetismos gratuitos, modas vanas ni ropa prestada. Javier Sauras realizó en paralelo a su trayectoria figurativa una serie de trabajos públicos, algunos monumentales, desde principios de la década de los años setenta, cifrados sobre planteamientos plásticos personales, vinculados a determinados movimientos de vanguardia de principios del siglo XX, sobre todo por sus claras referencias al constructivismo y al suprematismo, y estuvo inmerso, por ello, durante un periodo crucial de su itinerario profesional, en las tendencias geométricas no figurativas que dieron forma al arte español de los últimos cuarenta años, sin adscribirse a ningún grupo o movimiento, en una andadura muy solitaria y nómada, lo que tal vez influyó en su fuerte apego a las raíces de sus añoradas montañas. Según escribió en 1995, Catherine Coleman, Conservadora del Museo Nacional Centro de Arte "Reina Sofía" de Madrid: "Sauras nos devuelve al discurso de la escultura originaria, milenaria: es oficio de la escultura realizada con las manos, con materiales orgánicos (madera) o inorgánicos (piedra, hierro), sin ser el cazador furtivo de otras disciplinas. Rechaza hacer un arte centrado en el artista como chamán, huye de las reacciones a asuntos puntuales, buscando las reglas universales que nos rigen. Nos devuelve a la estética como asunto en el arte, otra vez la belleza. Sus esculturas nos sitúan en el cosmos. Construye una escultura edificante basada en los valores eternos, en el idealismo, ajeno al contexto social cotidiano o al enfoque filosófico del arte como lenguaje. Va más allá de lo puntual y de la crítica social. Tanto como hombre, como artista, Sauras demuestra la integridad de la escultura". Un tiempo después de hacer entrega de una de sus obras a la Residencia de Estudiantes de Madrid, en una reunión celebrada en ella, en febrero de 1996, alrededor del gran crítico de arte Rafael Santos Torroella, éste, ante bastantes personas, entre las que se encontraban el director de la Residencia de Estudiantes y el director del Círculo de Bellas Artes, manifestó que, desde la lamentable desaparición de Pablo Serrano, Javier Sauras era el escultor aragonés vivo más relevante. Estas palabras del viejo maestro, en una época en que resulta tan difícil establecer categorías, deben entenderse no a través del criterio, un tanto pueril, de la importancia, sino mediante la clave de la significación, pues Javier Sauras, a través de la idea de lo pirenaico, ha pretendido siempre y con tenacidad indiscutible, tratar de asir las señas de identidad de su paisaje, de su mundo. En esto sí es quizá el escultor aragonés más consciente de que seguir ese camino era el medio adecuado para alcanzar un lugar significativo en el espacio de la escultura española y europea contemporáneas. En las esculturas de Javier Sauras, pese a su rigor formal, se puede aún rastrear la belleza sobria de las arquitecturas del Alto Aragón, la humilde y rotunda eficacia de los aperos y herramientas, las arcillas, los cantos rodados de los glaciares, el cierzo, los sasos calcinados de hielo y sol, las roturas cristalinas de las grandes rocas, las selvas de abetos y las nieves, las negras sabinas, los troncos secos desgastados por la intemperie y la pura palabra de las estrellas, como señales que marcaron, desde su niñez en el Balneario de Panticosa, cuando modelaba miga de pan y juntaba guijarros maravillosos, su punto de arranque como escultor.